sábado, 7 de novembro de 2009

Vivir a los 18

Cuando vemos las calles céntricas de Buenos Aires con el filo del ojo embebido en recuerdos, nos parece distante y de apariencia imposible lo que secuencia en derredor nuestro y de lo aquéllo.

El trabajo me mata, me voy para mi casa y mientras viajo me duermo y golpeo el vidrio de las ventanas del colectivo.

Se fue durmiendo el abandonado cubierto más bien embolsado en frazada, en el filo del cordón de la vereda. Jesús le llamaban las pocas luces de sus sombras y lo arrullaron patos de ceniza, los que comió por última vez mientras cazaba, porque fue cazador, y de los buenos, allá mientras lo equino se esforzaba por no ceder espacio a los motores hoy dueños del camino, por Formosa, cuando a Formosa no la miraban ni los gringos.

Nadie lo veía, o al menos hacían como si, y seguían charlataneando en voces huecas y altas mientras corrían casi a lo pavote como caminan hoy los grupos-pende- libres aparentes sin mirarlo y sin mirarse, tal vez para evitar morir de tal contagio en pelo.

Fue que de aquél abandonado de la vida, no sabría si decir linyera, crotto o echeverriado, encenagado en sangre de las nuestras, de quien estoy hablando con ustedes, para decirles no supe ni quien era hasta que las luces que sin verlo lo mataron me lo mostraron en el noticiero hasta el hartazgo, haciendo como si, pero callaron lo que yo supe lo que les cuento que es de este sueño que insiste y me duerme en el colectivo…

No obstante, no había muerto, el obstinado cordón le hacía de muro y él se soñaba al borde de peñascos avizorando ejército enemigo porque eso le habían dado que hacer al largavista, como le nombraban sus colegas de espera en él confiados hasta la ceguera porque de Jesús se puede saber poco porque habla con sílabas y letras, pero que te veía un búho antes del chirrido, lo veía, y uno podía seguir hueveando o jugando a morir pero mañana con los pies congelados porque las venas americanas allá se nos cerraban para siempre, después supimos, algo tarde, supimos que no sentir el frío no era bueno, ni cuenta nos dábamos, el truco estaba chisporroteante en las guardias nocturnas que el viento cortaba con su sota de espadas, y del otro lado de los mares los esperábamos con sus reyes de copas y sus caballos de oro.

Y Jesús, mucho después, bajaba de a trancazos, y así fue que decidió tomarse con filosofía la vida cuando a los sobrevivientes nos abandonaron como a calzón de lona. El Jesús sabía de abandonos y se quedó en silencio, como si supiera que las cruces no las llevan los muertos solamente, se revolcó en el peñasco de la calle Corrientes , la que duerme despierta, la que yira, y cayendo por la ladera del monte no me acuerdo le presentó batalla a los englises y se bajó a unos cuantos hasta que el faro de un auto no lo vio y lo arrulló, llevándole la gloria y la sonrisa que le dejó a la gente que fue a verlo morir mientras la cana hacía el cordón para que no lo viéramos triunfar, al Jesús, en la corriente de los combates olvidados por los que están corriendo superficies.

Yo le escuché decir malvina, pero no me creyeron, por sospecha de haberlo empujado, encerraron con mi única pierna a mi persona y en él las luces se rendían mientras a mí al hospicio de las mercedes me llevaron para darme las gracias.

A su merced estoy chamigo, pero no vaya a creer que soy tan fácil, el Jesús y yo, podemos morir peleando una y mil veces chapoteando barro de sangre quemada, pero ¿rendirnos?, ni lo piense señor, prepárese le digo.

Envido.




Daniel Fernández Ahumada, Casa de Plumas, ed, Stigma-Fenda, Buenos Aires, 2oo9.-
poetasypoemas
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Tel. (011) 4523-8189

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